Sr. Juez:
Mire, se lo contaré más o menos como lo recuerdo.
Pago, entro y subo las escaleras, sin prisa.
Me miran porque soy el nuevo y voy directo a la barra a por un cubata. La camarera hace como que no me ve y le digo hola. Me sonríe y se coloca el pelo detrás de la oreja. Qué fácil es fidelizar a la clientela, pienso. Aparece mi colega y dice que quiere lo mismo antes de darme tiempo a abrir la boca. Pido un par de güisquis con cola, por favor, y añado que quiero del más barato que tengan. Nos pone uno más bien decente y me los cobra a la mitad. Le sonrío.
Le acerco la copa a mi colega y le ordeno que se largue. Ella se va a servir al otro lado de la barra y, después de cobrar, vuelve para preguntarme cómo me llamo. Le contesto que le dejo que me llame como le dé la gana y me da un papelito con su número de teléfono. Entonces me dice que vaya a ligarme a una golfa para los tres y que la llame en cuanto me echen del local. Me doy la vuelta despacio, levanto ambas cejas, perplejo, y me esfumo entre la multitud como un ninja que intenta disimular un empalme más que evidente.
Encuentro a mi colega casi en seguida. No se había ido muy lejos. Le cuento la historia y se piensa que me río del él. Me quedan tres horas, si es que no cierran antes.
Un grupo de tres chicas nos está mirando. Se lo comento a mi colega y éste se acerca a ellas bailando. Yo me quedo quieto porque nunca bailo y descubro a una de ellas que me mira fijamente. Toso con el puño delante de la boca. Voy directamente y le digo que me ha dejado sin aire. Se ríe. Le digo que su pelo es hermoso y me contesta que no sea cursi. Le pregunto si no será de las que les gusta que la insulten y no parece hacerle ni puta gracia. Arqueo una ceja y me aparta la mirada. Deja de bailar. Me coge de la mano y me tira de ella.
La seguiré, no importa a donde quiera ir.
Llegando a la otra punta de la pista la cojo de la cintura, le doy la vuelta, la agarro del culo con las dos manos y le meto la lengua en la boca. No se le da muy bien besar pero está bastante buena. Le muerdo una oreja, le sobo las tetas y le digo que he quedado con otra luego y que por qué no se apunta. Me sonríe y me dice al oído que lo que más le gusta es que le den por el culo. Vuelvo a estar empalmado y ella, bailando de espaldas, se frota contra mi.
Le digo que vayamos al lavabo y me dice que vale. Nos colamos en el de las mujeres que sorprendentemente no tiene cola. Nadie nos ha visto. Cierro con pestillo y le digo que se arrodille. Obedece y se la traga hasta las amígdalas. La saco y le doy con ella en la frente. Vuelvo a metérsela en la boca y alargo el brazo todo lo que puedo para desabrocharle el sostén. Se la mete entre las tetas y juega con ella mientras me lame la puntita. Qué lista es, pienso, y se me escapa una carcajada. Le sugiero que si quiere que la reviente ahora es el momento de suplicármelo. Se incorpora, apoya la mejilla contra la pared, se levanta la falda y no lleva bragas. Fóllame el culo ya, por el amor de dios, me susurra con las manos sobre sus nalgas. Empujo y entra sola. Te voy a hacer crecer dos palmos, puerca, exclamo. Gime de placer casi tanto como un cerdo en el matadero y temo que nos oigan. Le masajeo el coño con la izquierda y se la clavo bien honda. Le paso el brazo derecho alrededor del cuello y juego a asfixiarla. Se oyen risitas de un par de nenas al otro lado de la puerta.
Se vuelve loca.
La lleno de leche poniéndome de puntillas y la levanto del suelo por un instante. Ella también se corre. Empujo cuatro veces más, me guardo la polla en los pantalones, le doy un beso en la nuca y le digo que me encanta que sea tan puta. Me da las gracias y confiesa que éste ha sido uno de los mejores polvos que recuerda. Salgo yo primero y una chica que se está maquillando me mira mal. La espero fuera. Volvemos a donde estaban sus amigas y mi colega está bailando con una de ellas. Me ve y le guiño el ojo. Pasa de mí, que es precisamente lo que tiene que hacer. Mientras, ella intenta que baile un poco pero le doy un fuerte cachete en la nalga izquierda y le digo que recuerde quién manda aquí. Se ríe. Se pone a bailar sola, provocándome con la mirada. Algunos no pueden evitar sentir celos por como me baila. Se nota que le gusta follar por como se mueve y no parezco ser el único que se ha dado cuenta. Pienso en como me voy a poner las botas y llego a la conclusión de que ya me las he puesto. Me da por hablar conmigo mismo y acabo por ordenarle a mis pelotas que se lo curren para volver a estar en plena forma dentro de dos horas y pico. Me río solo. Le digo que me espere aquí, le pregunto qué quiere tomar y me voy a la barra.
Al llegar, no está mi camarera. Se la describo a otra camarera para averiguar donde está y me dice que ha ido un momento al almacén. Me espero con un codo sobre la barra mientras miro a la gente liarla al son del techno. Me giro porque me han dado dos golpecitos en la espalda y ahí está ella, con más escote que antes. Le cuento lo que acabo de hacer en los lavabos y me dice que me calle, que se está poniendo muy cerda. Le digo que me he pillado un pivón de las que dicen que sí a todo, un mirlo blanco, y me pregunta si sabe de qué va el rollo. Le digo que se lo dije precisamente antes de encularla, que me ponga otro par de wiskys y se ríe a pleno pulmón. Nos lo vamos a pasar de puta madre, ya lo verás, afirma abriendo una coca-cola y me pregunta si me drogo. Le digo que sí pero que no tengo un puto duro. Me dice que no me preocupe porque ella ya tiene de todo en el bolso. Le digo que de puta madre y que vuelvo con la otra antes de que se pierda. Me dice que vale, que hasta luego, cabrón, y no me cobra las copas. Cuando vuelvo me encuentro con mi colega liándose con la que hablaba antes y a mi zorra bailando lascivamente con su otra amiga. Le pregunto si vive sola y me dice que no pero que su amiga sí. Le comento que podríamos ir todos a desayunar ahí y me dice que ya se le había ocurrido. Le doy su copa y le pego un buen trago a la mía.
El resto es historia. Acabamos mi colega y yo desnudando a cuatro mujeres en el piso de una de ellas, esnifando sobre sus nalgas, rompiendo parte del mobiliario y cubriéndolas por turnos. Desde que entré en la discoteca hasta que salí de aquél apartamento para ir a comer algo con mi colega, fueron las mejores diez horas de mi vida. Creo que nunca jamás volveré a ser tan feliz. Y por eso siento un profundo pesar. Siento que ya no tengo metas, que ya no me queda nada más por hacer. No culpen a familiares o amigos míos, todos los que tuve a mi alrededor me trataron siempre bien. No culpen a la sociedad o a la crisis, ni siquiera culpen al amigo que me acompañó esa noche. La culpa no es de nadie sino mía. Ya no me merece la pena seguir viviendo.