inside domemu's brain

Inquietudes, fantasías y pajas mentales del solitario domemu, un hombre cachondo y desinhibido, que gusta de buena compañia, dormir, comer y hacer el amor tooodo lo posible. Este es el blog del último auténtico cromañón! Que ustedes lo disfruten, un saludo.

martes, noviembre 03, 2009

La partida

Las sombras van ganándole terreno a la luz poco a poco, ocupando con sigilo esquinas y recovecos, saltando sin miedo desde las hojas de los árboles. Para combatirlas y como fichas de dominó, se encienden farolas por todas partes, una tras otra. Sólo cuando pasa alguna moto la oscuridad retrocede por unos segundos. Es una lucha de poder a poder, en las trincheras del ying y del yang.
Acomodados en sillones victorianos, dos hombres arrugados juegan al ajedrez delante de una puerta grafiteada y debajo del único fanal que ilumina el callejón. No hay nadie más. El de los cuernos mueve y se enciende un habano. Parece que va ganado. El de la túnica y la barba blanca, mientras, sorbe café y sonríe.

El último carrete

Fotos y más fotos. No para de enseñarme fotos. Con buena voluntad pero creyéndose el poeta de la lente. Y no es que lo haga mal del todo, es que ya he visto tantas que las de su viaje al desierto me parecen idénticas a las de la gran muralla china que me ha enseñado hace tres cervezas y un par de pinchos. Me mira para asegurarse de que presto atención y me siento obligado a fingir que no me estoy durmiendo.
Lo que hay que hacer para acabar echando un polvo. En fin, ya sólo queda un último carrete.

jueves, octubre 01, 2009

Viendo la vida pasar

Mira por la ventana para entretenerse. Hace un día gris, a juego con el cemento de los edificios, el asfalto predominante e innumerables carrocerías de coches faltos de color. Por debajo de su balcón pasan señoras mayores, ejecutivos que visten mal, mamás con niño, chavales vociferando tonterías, un borracho de tetrabrik con cara triste, tías buenas, algún tipo en bici y demasiado peinado raro. Le hace gracia sentirse como un espía durante un rato. La calle no le queda lejos y puede fijarse en todos los detalles, escotes incluidos, a sabiendas de que la gente no suele andar mirando hacia arriba. En la acera de enfrente, hay una furgoneta de reparto aparcada en doble fila que la está liando y un urbano relativamente cerca que mira para otra parte apoyándose en el semáforo moribundo de la esquina. Las hojas de los árboles aún no han empezado a caer pero, en su mayoría, ya se han desteñido de color marrón amarillento. Observa entonces ciertas pautas en el incesante ir y venir de personas y vehículos, y piensa en las hormigas y en la insignificancia del ser humano y, por consiguiente, de sí mismo como individuo. Se mosquea con uno que abusa de la bocina pero se le pasa en seguida al tirarse un buen pedo. Es en días sin luz como este en los que la mediocridad y la monotonía ganan mayor peso, ralentizando toda función vital básica, como el respirar. Fantasea con tirarle un par de huevos podridos, o algún yogur en su defecto, a la indeseable de peto fosforescente, de esas que se ganan el pan pariendo multas de aparcamiento, que se ha parado justo debajo a pavonearse, libreta en mano, delante de un histórico inglés con matrícula andaluza. Le llama una antigua amistad al teléfono móvil y se pasa casi veinte minutos hablando de fútbol, de nuevas conquistas, de viajes pendientes a los confines de la tierra y de cómo arreglar la crisis económica mundial sin moverse de su hueco favorito del sofá. Vuelve a la ventana a satisfacer su curiosidad pero no tarda en aburrirse y acaba echándose la siesta.

El carajillo

Bosteza durante tanto rato que provoca el llanto de su ojo derecho. Se rasca la base de la polla y los huevos intermitentemente, descuidando por completo sus modales. Se seca las lágrimas con el canto acolchado de una mano para volver a bostezar de inmediato, abriendo tanto la boca que se le ven hasta las ideas. Mira por la ventana sin ver nada en concreto. Arquea la espalda, estira los brazos todo lo que puede hacia atrás, gruñe como lo viene haciendo el hombre desde que el mundo es mundo, hace una mueca grotescamente televisiva sin darse cuenta pero, aún y así, no consigue desperezarse. Se pide un tercer carajillo con una orden precisa y sonora. La camarera sorbe largamente, escupe una gran bola de resentimiento viscoso dentro de la taza sin que la vean, se lo trae con una sonrisa de oreja a oreja, caminando despacito para saborear el momento, y siente como se le erizan los pezones al verle tragar el contenido de la taza del tirón.

Si me fuera a una isla desierta

Si me fuera a una isla desierta me llevaría unas gafas de bucear y un cuchillo. Supongo que todo lo demás podría fabricarlo de alguna manera. Cosas como cuerda, cuencos… pero como haría fuego? Si me dejasen ahora mismo en helicóptero sobre cualquier islote del caribe, a miles de millas de cualquier ser humano, no creo que durase mucho. Porque por mucho que llevase conmigo unas gafas de bucear y un cuchillo bien afilado no sabría como coño hacer fuego. No podría calentarme, no podría cocinar, no podría fundir cosas o endurecerlas para construir, no podría asustar a los bichos… de todas maneras, seguramente, me habría vuelto loco antes de empezar a morir. Porque a una isla desierta lo que hay que llevarse es compañía. Como en las pelis románticas. Es la única solución. Con suerte, estaría buena y sería lista por lo que podríamos compartir ideas para sobrevivir y ponernos morados a follar por todas las esquinas de la isla. En la arena, en los árboles, en las rocas, en las cuevas, en la cabaña, en el agua o entre los matorrales. Y es muy probable que así pasasen los días mucho más tranquilos, con turnos para hacer las cosas, en función de lo que nos ofreciese la madre naturaleza y chupándonos el uno al otro sin importar nuestras anteriores vidas. Al cabo de poco tiempo nos habríamos olvidado de Internet, hacienda, el mecánico, hollywood y los donuts. El barça siempre lo llevaría en el corazón pero al menos nos haríamos unos toques mano a mano con un balón hecho de algas secas y resina. De vez en cuando nos preguntaríamos sobre la gente que nos conocía pero lo arreglaríamos con un polvazo salvaje y nunca mejor dicho. Lo malo es que seguramente, de tanto follar, se nos olvidaría también hacer fuego y moriríamos de todas maneras. Así que si me fuera a una isla desierta, se puede decir que me iría allí para pasar mis últimos días follando como un cabrón.

Realidad surrealista

Los guiris son raros de cojones. Visten mal, cantan como una almeja, son fáciles de engañar, sobretodo ellas, y, además, no hay dios que los entienda. Porque son tan diferentes a nosotros que creo que no lo pueden evitar. Y encima vienen con la predisposición de ser reconocidos, de ser el centro de atención. En cierta manera, les gusta sentirse guiris.
Pero es que a veces, algunos pueden sorprenderte con su gran sentido del humor. Sé que cuesta de creer, porque la mayoría de nosotros no le vemos la gracia a esos chistes que cuentan y de los que solo se ríen ellos, pero lo digo muy en serio.
Resulta que bajaba yo de ver en casa del Alberto un partido de champions, botando mi pelotita de goma tranquilamente, silbando por la calle con la camiseta del barça puesta, cuando, a pocos metros de mi portal, me dicen algo desde lejos. Me giro y veo a un tipo con sombrero, camisa hortera y chanclas de colores que se acerca a mí con un papel en la mano mientras otro hace guardia frente a sus maletas. Mira, un par de maricas que han venido de vacaciones, pienso. Perfecto, que se gasten mucha pasta, concluyo.
Entonces, me señala algo en el papel, le digo que qué necesita y me contesta que no entiende. Estupendo, italianos, lo que me faltaba. Y casi se lo escupo. Pero en vez de eso le vuelvo a preguntar en inglés que qué necesita. Y me dice que está buscando el hotel no sé qué en el número ochenta y cuatro de la rambla de catalunya. Le miro y no sé si me está vacilando. Miro a su ‘compañero’ y se apoya en una de las maletas poniendo cara de póquer.
Se me escapa una sonora carcajada.
Le devuelvo la mirada a mi interlocutor y le digo, entre risitas, que su colega está debajo de un enorme letrero de neón blanco que pone ‘hostal’ con un número ochenta y cuatro al lado y que esto es la rambla de catalunya, por si no se había dado cuenta -no se me da mal expresarme en inglés, en efecto-, mientras señalo el cartel con el nombre de la calle.
El tipo me clava la mirada, visiblemente herido en su orgullo, intenta decir algo como ‘si pero es que…’ en su idioma, se queda a media frase, derrotado, pierde la mirada en sus zapatos y se marcha cabizbajo. Yo prosigo mi camino hablando conmigo mismo sobre lo ocurrido, me giro una última vez para verles las pintas y me parto de la risa.

La nota

Sr. Juez:
Mire, se lo contaré más o menos como lo recuerdo.
Pago, entro y subo las escaleras, sin prisa.
Me miran porque soy el nuevo y voy directo a la barra a por un cubata. La camarera hace como que no me ve y le digo hola. Me sonríe y se coloca el pelo detrás de la oreja. Qué fácil es fidelizar a la clientela, pienso. Aparece mi colega y dice que quiere lo mismo antes de darme tiempo a abrir la boca. Pido un par de güisquis con cola, por favor, y añado que quiero del más barato que tengan. Nos pone uno más bien decente y me los cobra a la mitad. Le sonrío.
Le acerco la copa a mi colega y le ordeno que se largue. Ella se va a servir al otro lado de la barra y, después de cobrar, vuelve para preguntarme cómo me llamo. Le contesto que le dejo que me llame como le dé la gana y me da un papelito con su número de teléfono. Entonces me dice que vaya a ligarme a una golfa para los tres y que la llame en cuanto me echen del local. Me doy la vuelta despacio, levanto ambas cejas, perplejo, y me esfumo entre la multitud como un ninja que intenta disimular un empalme más que evidente.
Encuentro a mi colega casi en seguida. No se había ido muy lejos. Le cuento la historia y se piensa que me río del él. Me quedan tres horas, si es que no cierran antes.
Un grupo de tres chicas nos está mirando. Se lo comento a mi colega y éste se acerca a ellas bailando. Yo me quedo quieto porque nunca bailo y descubro a una de ellas que me mira fijamente. Toso con el puño delante de la boca. Voy directamente y le digo que me ha dejado sin aire. Se ríe. Le digo que su pelo es hermoso y me contesta que no sea cursi. Le pregunto si no será de las que les gusta que la insulten y no parece hacerle ni puta gracia. Arqueo una ceja y me aparta la mirada. Deja de bailar. Me coge de la mano y me tira de ella.
La seguiré, no importa a donde quiera ir.
Llegando a la otra punta de la pista la cojo de la cintura, le doy la vuelta, la agarro del culo con las dos manos y le meto la lengua en la boca. No se le da muy bien besar pero está bastante buena. Le muerdo una oreja, le sobo las tetas y le digo que he quedado con otra luego y que por qué no se apunta. Me sonríe y me dice al oído que lo que más le gusta es que le den por el culo. Vuelvo a estar empalmado y ella, bailando de espaldas, se frota contra mi.
Le digo que vayamos al lavabo y me dice que vale. Nos colamos en el de las mujeres que sorprendentemente no tiene cola. Nadie nos ha visto. Cierro con pestillo y le digo que se arrodille. Obedece y se la traga hasta las amígdalas. La saco y le doy con ella en la frente. Vuelvo a metérsela en la boca y alargo el brazo todo lo que puedo para desabrocharle el sostén. Se la mete entre las tetas y juega con ella mientras me lame la puntita. Qué lista es, pienso, y se me escapa una carcajada. Le sugiero que si quiere que la reviente ahora es el momento de suplicármelo. Se incorpora, apoya la mejilla contra la pared, se levanta la falda y no lleva bragas. Fóllame el culo ya, por el amor de dios, me susurra con las manos sobre sus nalgas. Empujo y entra sola. Te voy a hacer crecer dos palmos, puerca, exclamo. Gime de placer casi tanto como un cerdo en el matadero y temo que nos oigan. Le masajeo el coño con la izquierda y se la clavo bien honda. Le paso el brazo derecho alrededor del cuello y juego a asfixiarla. Se oyen risitas de un par de nenas al otro lado de la puerta.
Se vuelve loca.
La lleno de leche poniéndome de puntillas y la levanto del suelo por un instante. Ella también se corre. Empujo cuatro veces más, me guardo la polla en los pantalones, le doy un beso en la nuca y le digo que me encanta que sea tan puta. Me da las gracias y confiesa que éste ha sido uno de los mejores polvos que recuerda. Salgo yo primero y una chica que se está maquillando me mira mal. La espero fuera. Volvemos a donde estaban sus amigas y mi colega está bailando con una de ellas. Me ve y le guiño el ojo. Pasa de mí, que es precisamente lo que tiene que hacer. Mientras, ella intenta que baile un poco pero le doy un fuerte cachete en la nalga izquierda y le digo que recuerde quién manda aquí. Se ríe. Se pone a bailar sola, provocándome con la mirada. Algunos no pueden evitar sentir celos por como me baila. Se nota que le gusta follar por como se mueve y no parezco ser el único que se ha dado cuenta. Pienso en como me voy a poner las botas y llego a la conclusión de que ya me las he puesto. Me da por hablar conmigo mismo y acabo por ordenarle a mis pelotas que se lo curren para volver a estar en plena forma dentro de dos horas y pico. Me río solo. Le digo que me espere aquí, le pregunto qué quiere tomar y me voy a la barra.
Al llegar, no está mi camarera. Se la describo a otra camarera para averiguar donde está y me dice que ha ido un momento al almacén. Me espero con un codo sobre la barra mientras miro a la gente liarla al son del techno. Me giro porque me han dado dos golpecitos en la espalda y ahí está ella, con más escote que antes. Le cuento lo que acabo de hacer en los lavabos y me dice que me calle, que se está poniendo muy cerda. Le digo que me he pillado un pivón de las que dicen que sí a todo, un mirlo blanco, y me pregunta si sabe de qué va el rollo. Le digo que se lo dije precisamente antes de encularla, que me ponga otro par de wiskys y se ríe a pleno pulmón. Nos lo vamos a pasar de puta madre, ya lo verás, afirma abriendo una coca-cola y me pregunta si me drogo. Le digo que sí pero que no tengo un puto duro. Me dice que no me preocupe porque ella ya tiene de todo en el bolso. Le digo que de puta madre y que vuelvo con la otra antes de que se pierda. Me dice que vale, que hasta luego, cabrón, y no me cobra las copas. Cuando vuelvo me encuentro con mi colega liándose con la que hablaba antes y a mi zorra bailando lascivamente con su otra amiga. Le pregunto si vive sola y me dice que no pero que su amiga sí. Le comento que podríamos ir todos a desayunar ahí y me dice que ya se le había ocurrido. Le doy su copa y le pego un buen trago a la mía.
El resto es historia. Acabamos mi colega y yo desnudando a cuatro mujeres en el piso de una de ellas, esnifando sobre sus nalgas, rompiendo parte del mobiliario y cubriéndolas por turnos. Desde que entré en la discoteca hasta que salí de aquél apartamento para ir a comer algo con mi colega, fueron las mejores diez horas de mi vida. Creo que nunca jamás volveré a ser tan feliz. Y por eso siento un profundo pesar. Siento que ya no tengo metas, que ya no me queda nada más por hacer. No culpen a familiares o amigos míos, todos los que tuve a mi alrededor me trataron siempre bien. No culpen a la sociedad o a la crisis, ni siquiera culpen al amigo que me acompañó esa noche. La culpa no es de nadie sino mía. Ya no me merece la pena seguir viviendo.

miércoles, septiembre 09, 2009

Pescando

Eran casi las doce de un día cualquiera. O pasadas las tres, no lo recuerdo.
Hacía mucho calor pero los dedos de mis pies tenían frío.
Pesqué sirenas de roca y sal con un arpón descolorido que me había prestado Moby Dick la noche anterior, después de ponernos hasta el culo de tequila. El viento traía excéntricos pianos de cola y blues de los cincuenta con aroma a wisky de malta del caro. El sillón del kayak se me hizo pequeño así que puse los pies sobre el volante momo para estirar los brazos, mientras me fumaba pausadamente la piel de la cara y el pecho.
Entonces, pesqué mareas inquietas usando los gemelos de mi camiseta como anzuelo y le pedí indicaciones a un mamut de largas rastas que pintaba impresionismo sobre las nalgas de la luna. Pareció molestarse porque estaba muy concentrado y ni siquiera me contestó.
Al rato, me sonrieron los aparatos de un tiburón adolescente que vendía oro, pero no me dejé engañar y le recomendé irse a saltear algas, intentando no parecer demasiado maleducado. Una hermosa estrella fugaz pasó de largo sin saludarme, aunque no me ofendí porque sabía que no estaba a su altura. La pobre tenía prisa porque una nube exhibicionista intentaba darle caza mientras su colega, la gaviota calva, tiraba fotos con una polaroid.
Moribundo y deshidratado, me pescó un pesquero destartalado.

miércoles, octubre 22, 2008

A orillas del edén

El pelo suelto y mojado hasta el culo.
La piel oscurecida criando pecas.
El reflejo propio en ojos infinitos, verdes hoy, negros mañana.
El pulpo que huye de la curiosidad.
El olor a pino viejo de buena sombra.
El tacto familiar de la roca imperturbable.
La carne húmeda y salada de labios ardientes.
La tela triangular de fantasía que apenas disimula el deseo.
La barba a clapas de una semana.
Los colores sin sentido en el bañador.
La cara del ser querido que te sonríe.
El instante de nostalgia por el que ya no está.
El salto del ángel con la mente en blanco.
El móvil y la cartera descansando en el salón de casa.
La gaviota borracha y nerviosa que acecha al pesquero.
La avioneta con mensaje que adelanta nubes ruborizadas.
El bocadillo de chorizo y la cerveza de oferta de media tarde que saben a caviar iraní con Don Perignon del 59.
Los pezones que buscan el horizonte por orden del Llevant repentino.
Las gafas oscuras que posibilitan no perder detalle.
El éxtasis en boca del erizo crudo.
La huella del pie descalzo.

No hace falta creer para saber que el paraíso existe.

Sospecho, que la fe es simplemente cuestión del punto de vista.

Imagino, que el profeta es un mero con sobrepeso que se acuesta con sirenitas, morenas y doradas, y que se lo pasa en grande observando desde las profundidades.

Afirmo, que la virgen se me aparece una vez al mes cuando emerge del mar, llena y anaranjada, y me guiña el ojo como diciendo: ‘ tranquilo chaval, la vida sigue, tan solo disfrútala! ’.

Y a menudo, sostengo, que dios no está siempre en todas partes, pues solo se relaja fumando hachís a orillas de mi amada costa brava.

La suerte caida del cielo

Granizaba la de dios es cristo (a mala hostia, vamos), tanto, que mientras charlaban en la barra del fondo de la discoteca, ella fijándose en su boca y él intentando apartar la vista de sus enormes tetas, entre wiskys de dudosa procedencia y payasos de barrio con las gafas de sol puestas, entraba un fuerte oleaje por la puerta, obligando a camareras y porteros a solventar aquél diluvio de 10 minutos, armados hasta los dientes con escobas, fregonas y cartones.
Así que, después de la tormenta, al subirse al coche, poner la radio y cerrar la puerta, se cayó la luna de atrás.

Me cago en mi puta suerte, con especial énfasis en la penúltima palabra, fue lo único que atinó a decir e inmediatamente, maldiciendo su fortuna, pues hacía apenas dos días que se había traído el coche desde Barcelona, al tiempo que le rezaba al cielo para que le concediese una breve tregua, empezaron a retirar uno a uno los mil y un cristalitos alojados en el maletero.
Después de algún corte y demasiadas miradas curiosas, llegaron pasando frío al portal de la habitación de 300 euros en la que convivían. Ella se quedó abajo, “vigilando”, y él volvió en cero coma, bolsa azul de Ikea cortada por la mitad y media docena de toallas viejas en mano, para hacer un apaño.
Y se puso a llover hielo de nuevo, mientras un vecino que había salido con un porro al balcón, porque seguramente no podría dormir, le tiraba cinta aislante a petición. Me salvas el culo tío, le gritó al moro generoso desde abajo y se puso a solucionar el marrón que le había caído encima, nunca mejor dicho.

A las cuatro de la mañana tenía plastificada la parte trasera del carro, la ropa totalmente empapada y marcas de algún que otro impacto doloroso en la espalda.

Entonces, se le ocurrió pasar el resto de la noche sobre el respaldo en horizontal y una gorra con el 26 de Pedrosa para resguardarse de la luz, porque ya solo faltaba que le robasen su amado A3 y total porque apenas le restaban cuatro míseras horas de sueño, antes de vestirse para acudir al tajo a regañadientes y con evidentes síntomas de cabreo y cansancio.

Resacón

Solamente la profunda vergüenza que siente al darse cuenta de que figuras descoloridas y desenfocadas le observan cuchicheando desde una distancia disimulada impide que se caiga de sueño definitivamente. Lucha a cada instante por contener un único deseo, irrefrenable y traidor, que le susurra al oído distintas opciones con las que acabar con su sufrimiento, como dormir a pierna suelta sobre el escritorio a modo de rezo y sin pensar en las consecuencias. De tanto en tanto, se abofetea, se sacude, se pellizca, pero nada parece sacarle de este insoportable aburrimiento, que ha venido para quedarse y para joderle durante un buen rato. Los párpados le pesan un par de toneladas cada uno, el corazón ralentiza su latido por momentos y sin avisar, apenas nota los músculos. Es por eso que intenta distraerse escribiendo, fantaseando sobre el papel, transcribiendo cualquier cosa con el teclado. Porque ni los clásicos salvavidas como la música techno o el youtube consiguen mantenerle despierto y porque, por mucho que meta la cabeza debajo del grifo del lavabo cada 15 minutos, a medida que avanza la jornada, el riesgo de fallida es cada vez mayorzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz…

Refranero custom

A quién madruga a dios se la suda.
Más vale paja con la mano que arrepentirse follando.
A falta de fans, buenas son gordas.
Al joder y al pegar, risa no has de dar.
Allí donde fueres, haz lo que quieres.
Ande yo caliente y fíese la gente.
Cada coco con su lema.
Cantando y follando, las penas se van aliviando.
María que escasea, bien se saborea.
Con la cama vacía, no hay alegría.
Putón codicioso no tiene reposo.
Comer y cagar, todo es empezar.
Cree el maricón que todos son de su condición.
Cuando la polla del vecino veas pelar, pon la tuya a remojar.
Cuando uno no quiere, dos no follan.

rima extra:
Te dejo cojo por flojo cuando te cojo por el ojo y te sonrojo.

Jazzexualidad

Una torneada guitarra carmín americana de ocho cuerdas se apoya lascivamente en la pared de ladrillos, mientras observa entre el humo denso como un vaso de wisky se lo monta con dos hielos sobre una esquina de la mesa de billar. La oscuridad se ha puesto su mejor vestido para bailar al son de los neones de colores. Un cigarrillo mal apagado agota sus últimas fantasías, recordando instantes atrás cuando se vaciaba de placer en distintas bocas. La joven luna le guiña el ojo a un vibrante saxofón que no para quieto por la excitación del momento. Un par o tres de flashes indiscretos ponen fin a tantos preliminares y se desata una orgía improvisada por todos los rincones del local. El escote sinvergüenza de la camarera con rastas le roba la mirada al hombre casado y solitario del fondo que castiga un tabuerete con la punta de su zapato por orden de la batería dominante. El olor a tabaco se funde con sudoraciones varias, perfumes baratos, endorfinas y vapores de alcohol, y todo fluye y confluye a ritmo del deseo.

Twister

Cuando empezaba a cerrar el local se estaban besando lascivamente en mitad de la pista. El ambiente, oscuro y cargado de humo, parecía otorgarles cierto grado de intimidad entre la multitud.
De repente, se encendieron todas las bombillas de la sala, sin excepción, mientras sonaba ‘my way’ y los borrachos se abrazaban. Se llevaron las manos a la frente, para resguardarse de la intensa luz, y silbaron un poquito, como cagándose en los antepasados del DJ. Inmediatamente, apareció de la nada un gorila con tatuaje en el cuello y cara de bulldog que les invitó de malas maneras a ‘ir saliendo’, así que la cogió del culo con decisión y se la llevó a desayunar cualquier cosa.

Deambularon por las calles del centro, comprando cervezas de a euro, diciéndose obscenidades al oído y metiéndose mano, hasta llegar al portal.
En cuanto se cerraron las puertas del ascensor se arrodilló sonriendo. En seguida, descubrió que tenía entre sus labios el coñito más dulce que jamás había probado y se sintió afortunada. Cuatro pezones gozan más que dos, pensaría cualquier vecino con suerte que estuviese espiando, pues las ventanas traslúcidas dejaban entrever toda la acción.
Hicieron el amor durante más de una hora y media, apoyándose en el espejo del ascensor, frotándose contra la alfombrilla del rellano y turnándose sobre los azulejos helados del pasillo. Se untaron de chocolate fundido, jugaron con vegetales de formas imposibles y bebieron la una de la otra hasta quedar extasiadas.

Ana se puso las bragas de María sin darse cuenta y una sudadera vieja de su ex novio. María se vistió tan solo con una camiseta de Naranjito que le cubría apenas hasta debajo de las nalgas.
Encendieron la televisión para ver un poco de dibujos animados mientras se fumaban un canutillo en el sofá y se echaron unas buenas risas acordándose de la primera vez que vieron de pequeñas el episodio que estaban poniendo.

Entonces, una vez apartado el cenicero, se susurraron cosas bonitas, se abrazaron dulcemente y se durmieron.

British fantasy

George abre la puerta con exagerada delicadeza, como haciendo una reverencia, se sube a su nuevo Aston Martin DB5 plateado recién traído de Sudáfrica, acaricia suavemente el asiento de cuero negro del copiloto, inspira con los ojos cerrados, agarra con fuerza el volante de madera original con ambas manos, aprieta los dientes y siente como le crecen los pantalones a la altura de la bragueta.
Mike, que todavía no ha conseguido salir de su asombro, sigue dando vueltas alrededor de la máquina más lasciva que jamás haya contemplado, como un buitre que espera el momento oportuno para abalanzarse sobre su presa, y se pone de cuclillas de vez en cuando para no perder detalle.
Son conscientes del pedigrí de la nueva joya de la colección y se miran sonriendo o levantando las cejas por encima de la carrocería, al tiempo que comprueban la calidad de los acabados con obsesiva precisión.

Entonces, George enciende el motor, invita a Mike a subir, toca gas un par de veces para escuchar como ruge la bestia y, sacando la cabeza por la ventanilla, le dice al mecánico aquello de ‘mi nombre es Bond, James Bond’, mientras le deja un habano en el bolsillo de la camisa, mete primera, le suelta un cachete amistoso y sale del parking quemando rueda.

Oda a la depresión

Llega un día en el que te levantas después de la hora de comer, sin trabajo, sin hambre, en una ciudad gris a la que acabas de llegar. Has olvidado tus sueños en alguna sombría esquina del zulo en el que malvives y, sin ganas, te lías un porro reseco del que no te fumas ni la mitad. Bebes agua del grifo para luchar contra la resaca y porque en realidad no hay nada en la nevera. Te rascas la barba y te pones una camiseta agujereada que huele a sudado. Te sientes un extraño, encerrado por voluntad propia entre cuatro paredes, un pobre desgraciado que opta por no saber nada del mundo, asqueado de su propio reflejo. Pretendes reflexionar algo pero acabas sentado en la taza fumándote la otra mitad en la penumbra y ese será posiblemente el mejor momento de tu miserable día.

Cold sweet love

Un hombre sentado en la taza mira por la ventanilla. En el edificio de enfrente una joven mulata se está poniendo crema solar. Sus miradas se cruzan y ambos sienten un escalofrío, entre el susto y la curiosidad. Intentan disimular de alguna manera pero no tardan en volver a mirarse. Ella sonríe. Él le arquea una ceja y sin saber como entablan conversación. Se lo pasan bien y quedan en verse abajo en cinco minutos para darse un baño en la piscina comunitaria. Se dan dos besos. Se dan un paseo y hablan de hobbies, cosas que hacían de pequeño y preferencias musicales. Se desean pero lo esconden. Se sonríen y se tiran al agua de cabeza. Él la busca buceando y ella se deja atrapar. Él bromea, ella le vacila un poco y se echan unas risas. Entonces, cogen aire como para volver a sumergirse y se besan dulcemente. Se acarician, él la abraza con fuerza y ella se le sienta encima. Deciden abandonar la piscina y se van a tomar una cervecita al piso de ella. Nada más pasar por la puerta el hombre se desnuda y la mujer se arrodilla. Le da placer un rato, usando tanto sus pechos como su boca, y luego se pone a cuatro patas apartándose el tanga con un dedo. Se mete dentro de ella con un gruñido y la siente más caliente que nunca. Ella gime y se separa las nalgas con ambas manos. Cambian varias veces de postura, él tira le del pelo, ella le araña, y ambos se insultan un poco. Después, bendicen el polvazo que acaban de pegar, se juran amor eterno y no vuelven a verse nunca más.

viernes, mayo 09, 2008

Me meo en la vida

Eran pasadas las doce de la noche cuando Toni decidió que ya había trabajado suficiente. Ordenó sus papeles metódicamente, los metió en el tercer cajón de su escritorio que cerró con llave, y se encendió un cigarrillo para relajarse un poco. Mientras fumaba, lentamente y con la mirada perdida en un cactus que le habían regalado, pensaba en la nueva secretaria de metro ochenta que se había buscado el cabrón de su jefe y soñaba asimismo con ser jefe algún día a costa de cualquier pobre desgraciado como él.

Al rato, se dio cuenta de que estaba solo en la oficina, así que sacó sus llaves del bolsillo, volvió a abrir el cajón y se sirvió un copazo de glenfidich en una taza de un compañero que rezaba ‘smoking is my choice so fuck off’. La verdad es que se sentía bastante bien, jugando con el zippo, los pies sobre la mesa, bebiendo y escupiendo de tanto en tanto.
Cuando se hubo acabado el paquete de tabaco y la botella de wisky, decidió echar una buena meada en el sillón de cuero de Martin ‘el pelota’ porque le tenía ganas y porque de todas maneras nadie iba a darse cuenta, a excepción de Martin claro. Riéndose a carcajadas y maldiciéndolos a todos, escribía ‘pe-lo-ta’ con mayúsculas en el respaldo y se mojaba los zapatos sin darse cuenta.

En ese instante, oyó el carrito de Jack, el de mantenimiento, que seguramente estaría haciendo su última ronda, saltó con una agilidad sorprendente dado su estado sobre otra silla, sin apenas subirse los pantalones, e intentó disimular cogiendo un lápiz. Jack pasó de largo cojeando detrás de su carro y simplemente le hizo un gesto, como dándole las buenas noches. Aliviado por no haber sido descubierto, acabó de orinar en el ficus de la esquina, abrió la ventana para coger aire fresco y se tiró al vacío.

Olvidó dejar una nota.

Franky and his fly

Frank se levantó esa mañana con bastante dolor de cabeza y cagándose en la madre que parió al puto despertador. Como cada día, se hizo unos huevos revueltos con beicon y chile en la sartén más vieja que tenía y un zumo de naranja natural sin azúcar. Después, se duchó en menos de cinco minutos, se lavó los dientes con esmero y se afeitó sin apurar demasiado. Se puso el traje gris para ir a trabajar al banco – corbata de rombos azul sobre camisa blanca y zapatos marrones de punta redonda – se despidió de su hijo con un sincero beso en la frente y le deseó un buen día a su mujer mientras le daba una palmadita en la nalga izquierda, justo antes de salir por la puerta de la cocina apresuradamente.

De camino al tajo, paró a comprar algo de porno amateur y cigarrillos en una licorería que conocía, y dejó la bolsa en el asiento del copiloto. Cien metros más adelante, en un semáforo, un vagabundo limpiaba cristales a cambio de unas monedas. Frank no quería parar porque la noche anterior había estado lavando su Corvette negro del 74 a conciencia en el jardín de su casa y no le apetecía que un viejo borracho se lo ensuciara, así que optó por saltarse el semáforo, aprovechando que no venía nadie. Por un momento, creyó que la jugada le había salido bien, pero en seguida oyó una sirena y aparecieron las luces de un coche patrulla en su espejo retrovisor cromado de 300 dólares. Como sabía que darse a la fuga siempre es peor, no tuvo más remedio que detenerse a un lado de la calle y rezar para que aquel agente no desenfundase su pistola antes de empezar a multarle siquiera.

Entonces, al asomarse a la ventanilla para entregar su carné de conducir, sonriendo estúpidamente presa de los nervios, se le apareció la maciza más acojonante de uniforme que jamás había visto y tuvo una erección descomunal inmediata. Y mientras la mujer policía no parecía haberse dado cuenta y seguía con su labor, Frank sufría de lo lindo intentando no imaginarla totalmente sodomizada. Cuando hubo acabado de anotar sobre su libreta, la agente se inclinó sobre la ventanilla mostrando un escote de nueve y medio, le devolvió el carné y le susurró lascivamente al oído ‘me encanta meterme la porra por el culo’.

Ese día, Frank estrenó pantalones nuevos y casi lo despiden por llegar más de una hora tarde al trabajo.

miércoles, julio 18, 2007

‘Le hice una oferta que no pudo rechazar’

John era el perfecto charlatán, un tipo pequeño y regordete, que vestía bastante bien –gemelos, zapatos de cocodrilo y pañuelo en la solapa– y que parecía de buena familia. Vivía a las afueras, cerca de un bosque calcinado, y tenía un Cadillac antiguo enorme que solo utilizaba de lunes a viernes, por aquello de las apariencias. Llegaba mas o menos puntual cada mañana y entraba en su despacho con paso firme, sabiendo que convencería a cualquiera de las ventajas de sus electrodomésticos. En realidad, aborrecía su trabajo. Los fines de semana rescataba su vieja bicicleta y apenas salía del barrio. Compraba el pan y la prensa en el mismo sitio desde hacia quince años, el barbero de la esquina, uno de sus mejores amigos, le recortaba el bigote gratis y era temido en el pub por su habilidad al billar.

Mildred, en cambio, era una rubia de bote con pecas demasiado flaca para su altura, de gesto seco y mirada perdida. Se quejaba a menudo de su suerte y se pasaba gran parte del día metida en un coche coreano de marca impronunciable que tenía un porrón de kilómetros, porque le gustaba pasearse por la ciudad sin rumbo. Un halo de misterio la envolvía, como protegiéndola de su propio pasado, lo que le otorgaba cierto atractivo, pese a tener un físico más bien pobre. Nunca repetía número en la lotería, remataba las horas muertas en un bingo, de vez en cuando adquiría inventos de teletienda y, normalmente, se compraba la ropa al peso, contra más colorida y hortera mejor.

A simple vista, John y Mildred no tenían nada en común. Sólo coincidían a la hora de comer y casi nunca dormían juntos. En algunas ocasiones especiales, sacaban el Cadillac para ir al cine al aire libre o para cenar en un italiano. A veces, Mildred hacía un esfuerzo y visitaba a John en la tienda en la que éste trabajaba, conversaban un instante y se despedían con un beso en la mejilla. Eran extraños bajo un mismo techo.

Un buen día, la secretaria de John, una joven entrometida y extrañamente cínica para su edad, fijándose en que su jefe sólo se relacionaba con aquella enclenque señora, decidió acorralarla para someterla a su particular tercer grado. Con una excusa sin sentido, entablaron diálogo, café en mano, y en seguida descubrió que a Mildred le encantaba hablar sobre sí misma. Empezó averiguando cosas de su niñez, su adicción a los bombones de licor, las pocas ganas de vivir de su sufrida adolescencia y, cuando empezaba a perder el interés, le fue revelado uno de aquellos secretos que enganchan a las revistas del corazón…

Penalti y gol, pensó. Y entonces, se imaginó a Mildred poniendo aquella característica voz de Marlon Brando en El Padrino, mientras hacía saber a John que se había quedado embarazada.

miércoles, mayo 30, 2007

pesadilla psicodelica

Con frecuencia, amanecía sudado y tiritando, pues llevaba tiempo soñando con lo mismo y aquello le atormentaba.

En su particular pesadilla, entraba de un salto en una habitación que colgaba de un árbol gigante, y cuyas paredes estaban forradas de espejos antiguos y relojes de bolsillo de todos los tamaños. El techo era transparente, pudiéndose contemplar con absoluta nitidez las estrellas del firmamento. El suelo húmedo de barro cocido le proporcionaba una agradable y cálida sensación mientras avanzaba descalzo y sin rumbo. En el centro de la estancia habían miles de cojines de colores, un artilugio para fumar opio fabricado en oro y una anciana con cabeza de camaleón que meditaba sentada sobre calaveras humanas, rodeada de un halo de luz naranja que bien podía surgir de la mente de todos esos cráneos sin vida.

Él se acercaba con curiosidad y respeto, intrigado a la vez que temeroso por la imponente presencia de ese ser tan extraño. Aquella mujer de incalculable edad, desnuda, fofa y arrugada, abría de repente sus ojos transparentes y desorbitados, mirándole fijamente como si quisiese soltar un lengüetazo pegajoso y letal, extendía su brazo derecho y le ofrecía una llave diminuta que descansaba sobre la palma de su mano. Al cogerla, un intenso olor a vino se apoderaba del ambiente, los relojes aceleraban el girar de sus agujas progresivamente hasta que se derretían y así nacían de sus pisadas en el barro hermosas mujeres de todas las razas. Entonces, se veía envuelto de besos, caricias, susurros lascivos, miradas lánguidas e infinitas, dulces lenguas, curvas imposibles, sumiéndolo en una espiral de deseo tal que gozaba por todos los poros de su erizada piel.

Poco a poco perdía la noción del espacio-tiempo, rozando incluso la locura, pues no conseguía decidirse por ninguna de entre las decenas de pretendientes que lo rodeaban. Se le había quintuplicado el tamaño del miembro y lo tenía tan duro que podía tallar un diamante con él. Como no podía descartarlas con la vista, abrumado por tanta belleza, intentaba guiarse por el olfato para escoger pero fracasaba, pues todas tenían su propia esencia única e irresistible. Mientras, la anciana se sonreía y fumaba pausadamente. Arturo lo probaba también al tacto, deslizándose con nerviosismo por cabello, pezones, ombligos y nalgas, después sirviéndose únicamente del oído, y finalmente lamiendo el cuello de cualquiera que tuviese cerca, pero siempre sin éxito.

Luego, en un instante de lucidez, se daba cuenta de que aquel rompecabezas no tenía solución y de que la llave que obraba en su poder solo abriría el cinturón de castidad de una de todas aquellas jóvenes, lo cual dificultaba aún más su correcta elección. Así que, desesperado y exhausto, se tragaba la llave para poner fin a su desdicha, pensando que con suerte moriría ahogado o de una espeluznante indigestión, pero, como por arte de magia, saltaban por los aires, en una explosión de luz sobrenatural, todos aquellos malditos cinturones que habían impedido hasta el momento que las poseyera a todas, una tras otra.

Y cuando estaba a punto de fundirse dentro de la primera de aquellas ninfas a la que había dado caza, su cuerpo se desvanecía de placer, amor y felicidad, despertándose de nuevo empapado, en la soledad de su cama.